
Si tengo la fuerza suficiente, voy a quedarme hasta el final, porqué no es un sermón cualquiera. Me pregunto porqué sigo aquí, escuchando la voz rugosa del pescador.
Existen pocas personas que realmente le conocen. Se le supone familia, pero a ciencia cierta, no hay quien asegure que llegue a un lugar caliente después de pasar por este establecimiento. Cuántas veces me hubiera gustado acercarme un poco más, saber cosas que nadie se atreve a preguntarle, pero el pescador no parece tener pasado. Pide, paga, y a la tercera copa, entra en contacto con el divino propulsor de verdades que alberga, supuestamente, en el centro mismo de su esófago. De ningún otro lugar pueden escupirse franquezas semejantes.
El pescador no puede callar cosas que entiende, pero que no puede resolver, porque no tuvo tiempo ni posibilidad de descubrir el intrincado juego de las instituciones, el estudio planificado, o la existencia de bibliotecas públicas... Pero es imposible escapar de su verbo. Firma cada una de sus palabras con la consistencia del sabio que aprendió a conjugar su tiempo al ritmo de la roca, de la materia leve de la nube, del ambiguo espectro de la luz en cada uno de los instantes en que se debate el ocaso. No le cabe duda, y sin embargo, empata consigo mismo. Nos ofrece el beneficio de la duda al tiempo que se reta a muerte con el parroquiano novato que cae en su red. No sabe inventar, pero aseguro que, en muchas ocasiones, sus relatos sobre este mundo, han conseguido encender la chispa en la estéril imaginación de algunos forzudos bebedores de cerveza, paseantes anodinos que entran con el gaznate sediento y salen de aquí con el espíritu alado.
Los perfiles se afilan y los mentones se alargan, cuando el pescador habla. Yo me alejo un poco, para no entrar en su órbita inmediata. Me sitúo en un rincón lo suficientemente cómodo y discreto para observar ese pequeño milagro que riega a todos los presentes y nos insufla vida, y nos reta a crearla.
El pescador no es un borracho, ni un profeta. No engaña a nadie con malicia, no explica chistes malos y no increpa a sus semejantes. Sencillamente se conecta con algo invisible, suave y demoledor, y recita la verdad, para bien o para mal.
El prodigio no se puede imitar, ni transcribir, sería como malversar un tesoro, como sacudir una alfombra en el jardín, como un manuscrito en el que las palabras desaparecen por arte de magia, cada vez que uno intenta leerlas.
Alivio mi pensamiento, lo recobro, lo pierdo, invoco a la cordura y también a la locura, para conseguir recordar las verdades que escucho en la voz del pescador, pero al instante siguiente, no me queda más remedio que seguir mi tarea, y acoplarme a esta realidad extraña, que me impide tantas veces creer en el valor, en el amor, en la ilusión.
Así que espero en mi rincón a que vuelva, con la esperanza de que la próxima vez podré conectar con ese aura que despierta, con ese fulgor que reconcilia, con esa intimidad que reconforta.